Los números de 2012

30 12 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 5.800 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 10 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

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Lambrusco

9 12 2011

http://www.escritoresuniversitarios.mex.tl/blog_33153_LAMBRUSCO–O-EL-POEMA-ENTROMETIDO-.html





Preludio en el Patio.

9 12 2011

Después de mucho tiempo es hora de darle vida nuevamente a este blog. El viaje anterior se quedó a media narración, así que pronto actualizaré ese viaje y comenzaré con una nueva etapa para esta página: La vida en Alemania. Así mismo iré subiendo mi trabajo artístico que he desarrollado con el tiempo aquí en Münster y algunas publicaciones interesantes, algo de mayor difusión artística. Por ahora dejo un pequeño link y la promesa de continuar con esta guerra, comenzó como aventura y ahora es un clamor de viento con susurros de otras tierras. Hasta la próxima!





Año desde Wroclaw

31 12 2010

Sí, ya sé que el blog va atrasado y que no pongo al corriente esto, pero es que hay tantas cosas que ver y tantos lugares y tantas horas de camino y tanto frío… pero desde Wroclaw en Polonia les deseo el mejor inicio de año posible, a todos y cada de uno de ustedes, ya saben quiénes son y que por motivos de tiempo no puedo mandar correos a cada uno de manera personal, pero les mandaré ya todo en persona… aquí ya casi empieza la celebración, así que hoy me toca ver si Polonia sabe festejar, esta ciudad tiene un pasado comunista y es hora de comprobar si ya está lista para sanar en el fín de la primera década del milenio… un abrazo y felices fiestas, desde Polonia con amor: Yo.





Londres y los museos, las calles y la despedida.

29 12 2010

10 pesos? No, 2 libras.

Charing Cross es un nombre demasiado engañoso para una calle. Cuando se ve en realidad lo que está sobre Charing Cross se da uno cuenta de inmediato que lo “charing” se fue hace tiempo, y de la “cross” ni hablar. Opulencia y sofisticación es lo que permea en gran parte de esa calle. Continuando con la narración de los recorridos a pie de 10 horas por día (es una regla en mis viajes) en una de esas ocasiones decidí dar una vuelta por el London Zoo, el cual según mi mapa quedaba cerca de mi pocilga. Y efectivamente, el Zoo está en una zona cercana en el mismo Camden Town, dentro de una sección del Regent’s Park. El parque ofrecía una hermosa vista blanca y me asombré de los ingleses e inglesas: De ellos porque salen a correr en la nieve vistiendo sólo una sudadera, gorro, audífonos y licras de ciclista con ese frío atroz. Y de ellas porque hacen lo mismo y dejan al descubierto un cuerpo hermoso, con unas piernas torneadas por la mismísima Afrodita. La mujer inglesa es muy pero muy hermosa, y en invierno se ve aún mejor. Casi todas las chicas que encontré en la calle olvidan el frío y salen con botas altas, mallones ajustados, abrigos de leopardo (falsos por supuesto pues los británicos son pro-natura) y esa tez blanca que el frío marca con una extraña y hermosa finura. Su cabello rubio y largo cuelga despreocupado por la espalda, mientras que un simpático sombrero o adorno coronan su cabeza imperial. La mujer británica es simplemente bella y majestuosa, angelical y fastuosa.

Los conciertos de Londres...

La entrada al Zoo costaba 16.50£, una fortuna para mi bolsillo. Así que decidí mejor caminar por el llamado Outer Circle del parque hasta que llegara a un punto muy curioso que había visto en mi mapa la noche anterior. El punto en cuestión era Baker Street, y cualquier persona que tenga una pizca de gusto por la literatura (en general) sabrá de inmediato asociar ese nombre con el de Arthur Conan Doyle, el bien amado creador de Sherlock Holmes… está de sobra decir algo más sobre el género policiaco, novelas de detectives, etc… Sherlock es Sherlock y que se joda el que no le guste.

221-b, el hogar de Sherlock.

221-b en Baker St., ese es el domicilio del buen Sherlock (al carajo Jude Law y Downey Jr., hablo del Sherlock de verdad), y no podía dejar de darle una visita. Sorpresa, sorpresa… el domicilio existe, y ha sido redecorado de acuerdo con las descripciones de Conan Doyle y claro, se ha convertido en un museo. La entrada era mucho más accesible que la del Zoo o la del Acuario pero me decidí a sólo darle un vistazo a la casa contigua, la tienda. Probablemente uno pensaría que era menester entrar a tan insigne lugar siendo como soy un admirador del genio deductivo; mas el consumismo imperante en el ambiente y los turistas ávidos de una tajada del genio hicieron que mi ánimo se enfriara un poco, así que solamente disfruté de la fachada.

La oficina consultiva de Sherlock con un Lestrade afuera.

Baker street está impreganada de Sherlock por al menos 4 cuadras. La sombra del detective llega hasta los restaurantes, los bares y los hoteles; la célebre silueta del inglés cubre la mayoria de la calle. Dos negocios se resisten a palidecer frente a la sombra del detective  -aunque ambos locales se mantienen bajo sus propios criterios y en su línea distintiva-, la “The Beatles Store London” y “It’s only Rock n’ Roll”, ambas tiendas de souvenirs y artículos de colección. La primera, bastante obvia y a la que no entré ni entraría aún después de salir de un pub con 20 pints de cerveza encima. La segunda es una de esas tiendas de arículos raros y hermosos, parafernalia de bandas de rock, curiosamente la mayoría inglesas. La tienda en sí es un recordatorio para los visitantes del legado musical que ha dejado Inglaterra al mundo.

???

Apenas entrar las banderas de la Union Jack invaden la vista, y los más grandes posters, las más coloridas playeras y los artículos más extraños van para Led Zeppelin, The Rolling Stones, Oasis, Hendrix, Motörhead, Sabbath, Iron Maiden, Muse, Slash (solito, sin los Gun’s) y… Nirvana. La naturaleza de la tienda ha excluído a grandes bandas inglesas “light” como Depeche Mode, The Cure, Blur y otras por el estilo, y lo americano sólo tiene contados exponentes como los mencionados Nirvana, Metallica, The Doors y algún otro. Los precios exorbitantes bien valen por los artículos, e incluso hacen envios a todas partes del mundo, me tocó ver un paquete que estaban embalando en ese momento dirigido a un tal Jorge o José en el Estado de México, específicamente en Ciudad Neza.

La tienda del Rock.

El encanto de calle típica en Baker se disipó apenas llegué a un cruce con Oxford street, en donde de nuevo el incesante ritmo galopante de los británicos me hizo querer huir hacia donde fuera, pero lejos del bullicio. La hora era adecuada aún para visitar museos gratis, el gobierno en Londres promueve la cultura mucho (quizá en un intento de quitarse tanta banalidad) y los principales museos públicos son gratis. Lo malo, lo muy malo es que cierran sus puertas temprano y oscurece a las 5 pm, por lo que cuando la noche llega y los museos cierran la ciudad es un hervidero de gente haciendo compras, pidiendo limosna, vendiendo mercancias chinas, bebiendo en pubs… y la cultura se deja para el otro día. El primer museo al que tuve acceso fue el Natural History Museum, el cual alberga una impresionante colección auténtica de ejemplares recolectados por Darwin.

El Diplodocus del Museo de Historia Natural. Impresionante.

Eso y los esqueletos de dinosaurios y los de ballenas son las cosas que realmente valen la pena en el museo. Sobre todo el esqueleto del Diplodocus impresiona de manera tal que hace sentir al hombre como una especie inferior en cuanto a fuerza y resistencia (¿no lo es acaso?).

Esqueleto de ballena azul.

La colección original de Darwin alberga ejemplares recolectados desde 1800, lo que la hace una soberbia y bien cuidada exposición. Hablando un poco de Darwin, los ingleses tienen bien cimentado su orgullo nacional en cuanto a sus héroes. Ninguna oportunidad pierden para recordarle al pueblo que son “mejores” en todos los aspectos, desde música hasta la ciencia, pasando por literatura, arte y fútbol. Nada hay que criticar en eso, quizás ese orgullo nacional sea el causante de que no pertenezcan a la Unión Europea y de que sus enchufes eléctricos sean diferentes al resto. Darwin es un héroe y sale en los billetes, sale en las tazas y en las bufandas y en todos lados, Darwin es omnipresente en Londres.

Ejemplares de la colección.

Al salir del museo (parecían las 11 pm) encontré un puesto que de inmediato quitó mi frío y me regresó un poco a mi ciudad: Un puesto de pastes. Afuera del museo había una pista de hielo repleta de niños patinando con una alegría singular, y al acercarme para unas fotos un olor familiar me indicó que habpia algo más interesante que la pista… y efectivamente, en un puesto-carrito de feria un tipo tenía una hilera de deliciosos pastes. Una hilera es mentira, tenía sendas columnas de pastes acomodados en su mostrador despidiendo ese olor tan corriente en casa y tan hermoso aquí. Sin pensarlo y debido al hambre me abalancé sobre el mostrador y pedí el “Traditional Cornwall Pasty”, una mole de casi 20 cm. de papa con carne… pero olviden la carne molida.

Pastes!!!

Para empezar, el tamaño es más del doble; un solo pasty llena de calor al estómago por varias horas. Después la papa, tiene un sabor tan rico, es una papa cocinada de no sé que manera que es casi puré. Luego la carne, no es una miseria de carne molida, son trozos auténticos de steak!!! El sabor de la masa en también delicioso, y no sé si digo esto por mi hambre de ese momento o por que siempre he amado a Pachuca, pero el caso es que ese pasty me devolvió la vida y me hizo adorar aún más a mi ciudad. La noche y la nieve se avecinaban de nuevo, el camino era largo, así que emprendí el retorno pero buscando callejuelas sucias y feas, el Londres de mis cuentos… y no lo encontré.

TATE...

El TATE Modern es el museo de arte moderno con mejores referencias (junto con el de Berlín) en toda Europa. Y no es para menos, había en el momento de mi visita una exposición de Gauguin por la cual sí cobraban, pero me enteré de que el más grande genio artístico de todos los tiempos tenía unas obras ahí: Modigliani. Aparte del genio y de algunos otros que sí valen la pena  -Francis Picabia me dejó grata impresión- el museo presenta una variedad curiosa de arte moderno, diría que contemporáneo pero por cuestiones de purismos no entra en la categoría según los imbéciles que defienden a semejantes pedazos de pretenciosidad. No voy a detenerme demasiado en estas cuestiones, dejaré que las imágenes hablen por sí mismas pues es de sobra conocida mi opinión…

TATE....

La vida en Londres se me pasó igual que como pasa para sus habitantes: Veloz. El Smart Camden seguía ofreciendo singulares y grotescos visitantes y encontré un pequeño pasatiempo divertido en mi estancia. Bajaba a la sala común y prendía mi computadora en una mesa alejada de los sillones, y entonces me divertía escuchando a los italianos y al español (junto con el rumano cara de monstruo y el chino que no tenía amigos) hablar en inglés pensando que yo no entendía. Era bastante gracioso escuchar sus comentarios sobre mí, pues incluso hasta llegaron a pensar que tenía yo el dinero del mundo pues los muy metiches habían visto entre mis hojas aventadas sobre la mesa a mi mapa de Europa con la cruz sobre Noruega, lo que de inmediato les hizo suponer -y estaban en lo cierto- que Oslo era mi siguiente parada… y ahora entiendo por qué pensaban eso del dinero pues Oslo… en el próximo post hablaré de Oslo!!! Fuera de esas pequeñas diversiones en el hostel, Londres me ofrecia una limitada variedad de vagancia. No hablo en el sentido estricto, pues vagar por 10 horas al día es demasiado incluso para mí; el frío no era cosa de juego y sin el abrigo que gentilmente mi madre me obsequió no sé que hubiera sido de mí. Me refiero a que por más que intentaba meterme por callejuelas y por barrios siempre terminaba encontrando una mancha de neón que alumbraba la banqueta; no podía escaparme de la modernidad en Londres.

Adornos, taxis y autobuses.

Mucho he hablado sobre la necesidad de dejar lo viejo atrás y de buscar lo nuevo. Mi idea sigue siendo la misma, sin embargo puede parecer contradictorio lo que escribo con lo que expreso. Pero mi respuesta es la siguiente: Yo conocí en mi imaginación un Londres diferente. Los libros se encargaron de mostrarme a un Londres distinto, y el Londres que encontré no correspondió con mi expectativa. A pesar de eso, la ciudad en sus momentos de tranquilidad (muy temprano o muy tarde) es simplemente magnífica. Cuando las jaurías dejan libres los cruces peatonales y sus prisas se esfuman con la noche es cuando la niebla puede verse con su total esplendor. Es cierto, hay niebla en Londres casi todo el tiempo cerca del Thames, pero desgraciadamente los puestos de salchichas alemanas (¡¡¡que diablos!!!) y los turistas con los flashes no permiten apreciarla. Y la lluvia es algo bello, bellísimo. En uno de mis paseos la lluvia duró todo, pero todo el día y la tarde y la noche. Una lluvia tan fina, tan delgada, casi una brisa… pero que moja, y moja mucho. Me percaté de la belleza de las finas gotas cuando para sacarla cámara  de mi bolsa (una bolsa de “mano” roja que se puede ver en algunas fotos) noté que la ésta ya era de color marrón debido a la humedad. Mi sombrero escurria de una manera tan delicada y mis Converse me llamaban con suspiros para que viera que efectivamente, la lluvia en Londres es toda una experiencia.

Borough Market, uno de los pocos punto lejos del bullicio que pude encontrar y que correspondían al Londres de los cuentos.

Después del paste, del Diplodocus, de la arquitectura de estampas, de Sherlock y de Modigliani ya estaba contento con mi visita. El penúltimo día estuve recorriendo la orilla del Thames para buscar lugares sórdidos, y descubrí algunos pubs con música en vivo. Y viene una de las preguntas clave y una de las respuestas típicas: No, no fui a ninguna tocada de Indie-brit pop-electrónico-lo que sea. Y no fui por la sencilla razón de que es caro, no me canso de repetir que Londres es caro, y que los pocos euros que llevaba se agotaban como absintos en mi casa: Lento pero dramáticamente seguro. Además, la simple etiqueta de “inglés” les da a esas bandas un aura automática y autoimpuesta de calidad. Pero nada más lejos de la realidad, y alguien necesita decirle a esas banduchas inglesas que no por ser inglesas son ya buenas, pues eso es lo que piensan. Para un conocedor y vividor bastan tres o cuatro minutos para discrnir entre lo que es mugre y lo que no. Una persona que escribe sólo tiene que leer cuatro líneas o menos de algo para darse idea, y no solamente por ser un conocedor, sino como lo dije antes, por ser un “vividor”, alguién que vive las letras y que vive por las letras. En la música es ese mi caso, así que algunas oidas rápidas me dijeron: “Avanza”.

Abbey Road.

Y para causar envidia a la nacada me largué a Abbey Road, el “famoso” lugar donde los “famosos” Beatles se tomaron su “famosa” foto. Por supuesto que no iba a salir yo en la foto, ni siquiera lo pensé. Pero pues tengo conocidos y familiares que disfrutan de la pseudo-música de los 4 maricas de Liverpool, así que para ellos y sólo para ellos y con su recuerdo en mi corazón tomé unas cuantas fotos de tan emblemático lugar para la cultura pop de todo el mundo. El estudio está lleno de firmas y pensamientos de los peregrinos del pop que viajan hasta Londres casi exclusivamente para ver ese lugar, a la gente le importa un pepino si los automoviles vienen o van y se plantan en el cruce para tomarse la foto. Yo crei que el lugar era poco transitado, pero no, la Abbey Road es una calle ancha con demasiada circulación, pues hasta rutas de autobuses pasan ahí. La afluencia de gente es impresionante, yo mismo funcioné como fotográfo de la perrada en no menos de 10 veces!!! Gentilemente accedí a todas las peticiones que me hacian para tomar las fotos, y de hecho hasta trataba de tomarlas en el mismo ángulo como en la portada original… sólo para comprobar que semejante foto no es nada, pero nada difícil de lograr y que únicamente por ser la banda que era la foto cobró tal relevancia.

El cruce.

Y por último enfilé mis pasos a las 5 pm cuando ya la oscuridad había caído hacia el Tower Bridge, el puente más emblemático de Londres. La tarde era tan fría que al llegar al Thames ya no podía con mi alma y con mis tenis. Es de conocimiento común que el frío se acentúa más cerca de los ríos; bueno, pues lo comprobé y de la peor manera posible. El Tower Bridge en un pedazo de arquitectua soberbio. Según esto dan paseos por las torres (con cargo obviamente) y una breve historia del sitio, pero como casi todo lugar cultural interesante se cierra a las 5 pm. El sitio es magnífico, la vista desde ahí da una idea del panorama del Londres actual: Por un lado se ve la famosa Torre de Londres, uno de las pocas construcciones medievales que aún quedan en Londres. Viendo hacia el otro lado se ve el London Bridge, un puente moderno iluminado en rojo que destaca de inmediato y que lleva hacia los edificios grandes, hacia el mundo de los tiempos hiper modernos de Lipovetsky. Mientras atravesaba el Tower Bridge la nostalgia regresó a mí como acostumbra, y deseé fervientemente un pedazo de alcohol al cual sujetarme y pensar en mi Londres de la infancia que no pude encontrar. Pero hasta en eso los ingleses tienen sus reglas, no es tan fácil como en otros países de Europa andar tomando en la calle, de hecho no creo que esté permitido.

Guardia en el Palacio de Buckingham.

Una curiosa situación que pasé en el aeropuerto me recordó la disciplina inglesa: Justo antes de la aduana hay un anuncio que más o menos dice así: “Nuestros agentes aduanales toman muy en serio su trabajo y cualquier intento de intimidación será tomado como un delito”, algo así, no lo recuerdo bien pero deja en claro que con los ingleses no se juega, vean a los Hooligans. Y desgraciadamente no pude asistir a ningún partido de fútbol por la ya mencionada cuestión económica, pero me hubiera encnatado ver la actitud tan diferente con la que los ingleses viven su deporte, pues la tradicional actitud flemática la ví en ocasiones sobre actuada.

Y Londres a pesar de la modernidad de Picadilly Circus -a donde fui para sentirme fresa,

Harrods, el equivalente a Galerias La Fayette en París. Si eres mexicano y te quieres sentir mucho ven a Londres y compra aquí, elevará tu status entre la plebe a la que de verdad perteneces.

, a pesar de la actitud patriótica (Buckingham Gardens son una oda a ellos mismos durante las guerras) y  a pesar de sus advertencias fuertes no se salva, y ya está al igual que París llena -repleta- de inmigrantes de todo Oriente, del lejano y del Medio, aparte de los africanos. Tanta diversidad cultural hace de Londres el perfecto caldo de cultivo para la tolerancia y la pesadez, pues lo mismo los londinenses son condescendientes con los inmigrantes y tienen programas de apoyo que lo mismo los patean en el trasero y los expulsan de las calles “nice”. Londres, al igual que las grandes metrópolis del mundo es una ciudad de contradicciones en donde su característica principal -la velocidad- absorbe a los habitantes y les da ese aire tan genial y tan odioso que hace a los ingleses sin medias tintas: O se adoran o se odian. Y creo que a pesar de mi experiencia decepcionante en cuanto a los barrios viejos llegué a amar a los londinenses, sobre todo a las mujeres. Creo firmemente que algún día Londres se hundirá en el océano y que toda la modernidad y el lujo se irán al caño, pero mientras tanto me siento feliz de haber conocido la tierra de varios de mis héros de antes y de ahora, y creo que a pesar de todo Londres me recibió como Paris el año pasado, con muchas expectativas y con muchas sorpresas aunque al final me obliga a darle otra visita en el futuro para saldar cuentas por completo. Dios salve a la Reina, y si existe que me salve a mi pues la próxima parada es (fue) Oslo, en donde el vago se pierde en el frío y el frío se pierde en la inmensidad. Perdón por la tardanza y hasta muy pronto… ah, olvidé mencionar que el Lidl nuevamente salvó mi vida y mi bolsillo, larga vida al Lidl.

La comida del vago comprada en el Lidl. Lidl es la onda.

Los fans dejando recuerdos en Abbey Road.

London Tower Bridge.

A la Reina.

Frente al espejo en el TATE, una obra moderna.

No jodan...El Parlamento.





Londres

23 12 2010

Mi primera foto en Londres. Temblaba tanto que no podía sujetar la cámara firmemente.

Advertencia: Post largo.

Salió por fin el vuelo, y de madrugada aterricé en Londres. Al momento de salir del avión, se le informó a los pasajeros que la temperatura era de -7°C. Al salir, me dí cuenta de que no sería una noche fácil para encontrar mi hospedaje, el Smart Camden Inn. Después de un par de aduanas tediosas y la primera subida en tram de mi vida, salí del aeropuerto para enfrentarme a una nevada de ensueño. Copos del tamaño de ciruelas golpeaban las ventanas del aeropuerto, y la gente se arremonilaba en torno a los cajones de parada de los autobuses, esperando por el que los llevaría a su destino. Una hora de camino después en un autobús de 10 libras -sí, Londres es caro; es carísimo- bajé en lo que pensaba era una estación cercana a la “ciudad” de Camden y oh sorpresa, como siempre. La parada en cuestión era Finchlay Road, y de acuerdo con mi pobre pedazo de mapa el hostel quedaba lejos. El maldito imbécil del mostrador tuvo la culpa, como siempre. Y el chofer lo mismo. Como sea, emprendí el camino hacia la ruta señalada tomando como referencias la frugalidad del mapa y las señas en las paradas. La nieve había terminado pero el frío era y es hasta el momento lo más singular de mi viaje.

Más temblores debido al frío.

Hablando de eso, debo decir que este frío londinense es tremendo, es una cosa completamente enferma. La nieve alcanza todo, no sólo cae sobre autos y banquetas, la nieve cubre todo. Casas, carreteras, buzones, arbustos, pasto, ramas, basura, señales de tránsito, paradas de autobús, estaciones de gasolina, bicicletas, motocicletas, todo. La nieve es omnipresente. Y en la banqueta se acumula haciendo capas de casi 10 centímetros de espesor. Todo un paraíso para mí… eso pensaba hasta que después de media hora de camino la nieve había traspasado la tela de mis Converse y me quemaba los dedos. Hasta el día de hoy en que escribo esto mis pies siguen cosidos, mis suelas ya resienten el hielo y he tenido que cubrir cada espacio libre con playeras que he rasgado.

     Una hora de camino entre avenidas solitarias y sin casas bastó para encontrar el pueblo de Camden. El frío era de -9°C según el tablero electrónico de la farmacia, y las calles de Camden se veian exactamente iguales las de mis libros de ilustraciones de la infancia: Nieve por todos lados, luces débiles y casitas típicas inglesas. Con más cansancio que alegría encontré el hostel, pero lo peor vendría a continuación.

Vista de mi cuarto en el Camden Inn desde mi litera.

Quien quiera que haya pasado algunos dias en un hostel en Europa sabe a lo que se atiene. En mi viaje pasado fui cliente frecuente de estos lugares, por lo que compartir una habitación con 8 o 10 personas desconocidas y de diversas partes del mundo no me resulta extraño. Sin embargo, no estaba preparado para el Smart Camden Inn. A mi llegada tuve que pelear primero no contra el frío, ni contra el dependiente, ni contra el maldito “depósito retornable” -ya veré si es cierto eso- de 20 £ por concepto de sábanas; vaya, ni siquiera tuve que pelear contra los olores que hasta la recepción llegaban. Mi primer gran enemigo fue la puerta. La recepción del Camden Inn es una cosa de 2×2 metros, no más. Para abrir la puerta que da hacia los cuartos hay que usar una keycard. Pues bien, con ese espacio, con mi mochila en la espalda y con ese método resultó toda una odisea digna de ser narrada por Homero mi paso por la puerta, pues apenas pude pasar ví con horror que el pasillo era una cosa aún más estrecha. Ni hablar de los escalones… Para cuando llegué a mi cuarto, otra sorpresa me aguardaba. Al abrir, un tufo me recibió como si fuera una bofetada. No puedo describir aquí las distintas categorías de olores para no incomodar a los pocos fervientes letores de este blog, pero de verdad que la sensación fue algo surreal. En un cuarto de unos 4×3 había 3 literas metidas, esto es 6 camas individuales, 6 lockers viejos y un lavabo. Y en todas las camas había tipos desparramados -literalmente- , como si alguien estuviera apilando cuerpos y de pronto abandona su curiosa tarea para fumarse un cigarrillo.

La cama del francés tímido. ¿O cobarde?

Con semejantes “humanidades” atravesadas no me quedó de otra que pedir otra habitación, pues estaba más que claro que ahí no podría ni subirme a mi litera. Después de unas disculpas del árabe que me atendió (todos en la recepción son del medio oriente) cambié de cuarto, más no de olores. Pero la nieve, el frío y el cansancio me impidieron protestar por más tiempo, así que tendí como pude y en el mayor de los silencios posibles mis sábanas, escalé con todo cuidado y dormí.

Los hostales en donde me he hospedado antes tienen el cuarto más amplio, con un poco más de ventilación y un poco más de orden y control. Las camas están distribuidas de tal manera que existe un espacio personal entre litera y litera, lo que significa entre persona y persona. Los pasillos de esos hostales son amplios pues se supone que están hechos pensando en viajeros como yo, backpackers con una mochila enorme a cuestas y con necesidad de espacio. Los baños son compartidos casi siempre (economizar es prioritario) y uno tiene que lidiar con el asunto de la mejor manera posible. Por lo general los hostales cuentan con una sala común en donde hay televisión, juegos, maquinas expendedoras de golosinas y todas esas amenidades que hacen la estancia lo más disfrutable posible. Pero esas experiencias previas no me habían preparado para el Smart Camden. La pequeñez ya mencionada de los cuartos es risible. En un cuarto en donde apenas y caben dos literas tiene tres. No hay cambio de sábanas, por lo que los olores se concentran al por mayor. Los pasillos son tan estrechos que me sorprendía de ver como se las arreglaban otros inquilinos con mochilas incluso mayores a la mía. El toilet compartido es una cosa de pigmeos, y las duchas pues… naturalmente un foco de hongos. La sala común es pequeña y cuestionablemente común, pues había algunos tipos que se adueñaban del control de la televisión y no lo soltaban hasta levantarse de sus asientos. Pero no todo fue malo, de hecho estas experiencias dieron la nota interesante durante mi estadía en Londres que culmina mañana.

Y pensar que Dickens vivió a unos metros del hostel...

Hablando un poco más a profundidad de eso, mis compañeros de habitación resultaron variados y cada uno con particularidades interesantes. Durante la primera noche encontré a una pareja de italianos que casualmente estaban también en el aeropuerto de Stansted formados en la fila de la aduana, supongo que tomaron un taxi -o el transporte correcto- para llegar antes que yo. Ellos se fueron en cuanto desayunaron. Otra distinguida personalidad era una chica de Londres quién abiertamente confesó trabajar en un cabaret, y a juzgar por su porte pues no lo dudé ni un instante. Ella dormía hasta tarde y por dos noches no regresó al hostel. Su actitud era francamente odiosa pues tenía en mente que todo el hostel se quería acostar con ella, lo que no hubiera pasado si no fuera tan descaradamente coqueta y provocativa. Después llegó un oriental. No quiero escucharme racista, pero debido a que ni le pregunté de donde era ni el lo comentó sólo puedo decir que era un amarillo. Y vaya tipo… los ronquidos más fuertes que he escuchado en mi vida salieron de su diminuto cuerpo. Pero vaya ronquidos, eran una cosa de locos. Un par de ingleses parranderos ocuparon otra litera un día, y uno de ellos se cayó de la litera completamente ebrio. No pudo llegar al baño y se orinó en el lavabo dentro del cuarto, al siguiente día me maté de la risa al ver al amarillo lavándose los dientes de manera concienzuda en ese mismo lavabo, pues el con sus ronquidos jamás supo que estaba pasando. Otro personaje peculiar fue un francés que imitó el patrón de la chica cabaretera. Nunca ví su rostro ni supe que era francés hasta el día en que se fue, pues siempre estuvo acostado con la cobija encima, y sólo se le escuchaba teclear y teclear en su teléfono. Cuando regresaba de mis caminatas de 10 horas él ya estaba acostado o llegaba una o dos horas después, para cuando ya no lo veía. Y claro, las personas de color no podían faltar. Mientras escribo esto ha llegado un negro que dice ser de Londres, aunque su acento y su figura no corresponden para nada con lo que dice. Y finalmente, tengo que hablar del español. Todos saben la pequeña cuestión que traigo con los españoles, pero debo recalcar que no por algunos imbéciles deba catalogar a todos los españoles por igual. En mi segunda o tercera noche llegó, y de inmediato preguntó si hablaba español. Al decirle que sí la plática surgió de manera casual, y así se mantuvo hasta hoy y supongo que así será hasta mañana. Dice que está buscando empleo aquí en Londres, dice ser barman. Fue justamente eso que dijo acerca del empleo lo que me hizo voltear a la sala común del hostel, pero eso lo hablaré más adelante. En fin, el español -nunca pregunté nombres- no era tan odioso como los compatriotas suyos que he conocido en México y por mis caminos en Europa, y vaya que han sido demasiados. La tolerancia asomó a mi rostro de manera casi desconocida para mí, pues en la sala común me entretenía escuchar a unos italianos -cosa rara, bastante bobos- hablando de temas tan trascendentales como el acelerador de partículas… o sea hablando sólo idioteces.

Me indican hacia donde ir.

Mucha gente en el hostel no está mochileando, mucha gente está practicamente viviendo aquí. Debido a que hay una cocina con todos los enseres disponibles y la pequeña salita y todo eso hay ya tipos que se han adueñado de un espacio pequeño, de un rincón de la sala, de una silla en la cocina, de un baño en particular. Aquí se ve patente el deseo del hombre de acuñar algo, de sentir como propio un espacio por más pequeño y ajeno que sea. La sala era de los italianos y de un rumano con rostro de ogro. La cocina era el territorio favorito de unos ingleses venidos a menos y de una turca ya entrada en años, las escaleras del pórtico eran para los más jóvenes hambrientos de aventuras. ¿Yo? Nunca hice parte del hostel mi “parte”. Hoy es el día que más tiempo he pasado aquí, y sólo debido a que no había publicado nada nuevo y ya hacía falta dar a conocer las nuevas noticias. Muchos de los que aquí viven buscan trabajo, otros son tipos que han corrido de sus casas, algunos simplemente tuvieron peleas con sus parejas y vienen a pasar la noche. Este hostel es ya más como un refugio que propiamente un hostel, pero eso justamente le da un particular aire pesado de camaraderia ficticia, de apoyo débil basado en la desconfianza. Por que eso sí, a pesar de todo aquí no hay amistades duraderas ni amores pasajeros. Todo aquí es efímero. Pero es hora de dejar en paz al Smart Camden Inn y a sus distinguidos y bizarros huéspedes, ya tendré ocasión de platicar esto en persona.

Atrio de St. Pancras

Al siguiente día de mi llegada tomé un mapa de la recepción y emprendí el camino. Londres, Londres… lleno de nieve, lleno de frío. Decidí que llegaría hasta el Big Ben, pues quería ver primero lo común para las fotos de rigor y entonces una vez con eso ya podría aventurarme como me gusta. Pasé por la iglesia y los jardines de St. Pancras, un espectáculo hermoso con la nieve, y reparé un muñequito hecho con la misma que empezaba a evidenciar la falta de estructura. De ahí continué por Pancras Road hasta llegar a King’s Cross y St. Pancras Station, dos estaciones con un afluente tremendo de pasajeros. King´s Cross es de naturaleza nacional-local, con trenes y autobuses a otras ciudades o al mismo Londres. St. Pancras es la internacional, es donde parte el Eurostar, una de las maravillas tecnológicas del hombre, el tren que corre por debajo del Canal de la Mancha hacia Francia.

Estación de San Pancras

La nieve había hecho sus estragos, y miles -en serio- de pasajeros estaban afuera de ambas estaciones ocasionando un caos peatonal como nunca había visto. La vida en Londres de por sí es rápida: La gente camina con una prisa enorme, los autos circulan rápido, los dependientes de las tiendas despachan de manera mecánica y eficaz, las señales para peatones duran un suspiro… Londres vive cada segundo como si fuera el último antes de ser inundado por el Thames, o Támesis en español. La ciudad ya presenta el esquema clásico de metropoli, ya se siente en las calles el primer mundo en exceso. A través de casi todo mi camino hacia Trafalgar Square la constante eran las tiendas de lujo, los negocios caros y la modernidad andando. Londres es una ciudad cara, es casi tan cara o quizá más que París. Un café de Starbucks (por poner un ejemplo) cuesta casi 3 £, un paquete de Mc Donalds anda en 6£, los llaveritos para el recuerdo en 3£… hay que tomar en cuenta que una libra esterlina es más cara que un euro, por lo que mis pocos euros eran aún más pocas libras -razón primordial para que nunca usara el transporte en toda mi estancia en Londres-. Los zapatos, la ropa, los accesorios, la comida en restaurants, la cerveza en pubs, todo es tremendamente caro. Claro que esa es la perspectiva primaria de alguién que llega de un país como Portugal, en donde con unos cuantos euros alcanza para comer bien.

Westminster

Autobuses típicos de Londres

Seguí el camino hata llegar a Trafalgar Square, una plaza conmemorativa donde en lo alto de una columna está Cromwell observando hacia el Thames. Los ingleses tienen una especial relación con sus héroes, lo demuestran con la enorme cantidad de monumentos y leyendas alusivas a las hazañas de los ingleses bélicos ilustres. En la plaza se encuentran dos fuentes flanqueando a Cromwell, ambas estaban congeladas y una de ellas ya arrojaba nieve de vez en cuando. El sol salió por algunos momentos, pero como una burla cruel a los viajeros, pues los ingleses ya saben que no se pueden fiar de ese sol traicionero de 10 minutos. Un poco más adelante encontré la abadía de Westmisnter, a la Guardia montada y el Big Ben.

Trafalgar Square

Esto es lo más típico de Londres, la estampa principal que yace soberana en el imaginario popular de millones de personas. Y entiendo un poco el por qué, pues es innegable que ante semejante espéctaculo los ojos se admiren. En mi caso, ya dura poco el asombro pues he devorado desde niño escenas como esa, además de que he sufrido una sobre-exposición a esas imágenes por parte de la globalización. Así que el relato de esas cosas lo dejo a la interpretación, y mejor me enfoco al Londres lleno de modernidad y primer mundo que me recibió, no sin cierto recelo de mi parte.

Todo el resto del día fue de caminar y caminar por el Thames. Llegué al teatro Nacional, en donde encontré una exposición de fotografía bastante interesante, la recomiendo ampliamente y aquí dejo el link: http://www.nationaltheatre.org.uk/61965/exhibitions/take-a-view-landscape-photographer-of-the-year-2010.html , una cosa tremenda, esos tipos si son fotográfos de verdad. Después de un descanso en el hall del teatro emprendí el camino hacia el TATE Modern, el museo de arte moderno. Eran apenas las 4 pm y el día ya estaba negro y el frío más duro. Rumbo al TATE encontré obras de construcción para una estación sobre el río, por lo que el acceso de esa parte era complicado. Y tomando en cuenta la vuelta que tendría que dar y que sólo tenía un miniplato de cereal en el estómago (cortesía del Camden Inn) decidí cruzar el Thames y visitar otro museo cercano, el Museum of London o el British Museum. Amarga decepción, los museos cierran a las 5 pm, 5.30 cuando mucho… así que la alternativa fue comenzar a vagar como siempre, sin ruta definida.

Big Ben

Pero Londres es grande, es gigantesco. La distancia entre mi hospedaje y el National Theatre es de 9 millas según la ruta de Google más cercana. Pero yo tomé una ruta más larga, y de ahí a los museos ya mencionados fue otra hora de camino. Vagar por Londres no es tan sencillo, pero finalmente me las arreglé para poder vagar tomando como destino final el pueblo de Camden. Atravesé en mi camino las ciudades de Lambeth, London, Westminster, Southwark y Bloomsbury. Ah, sin dejar de mencionar el hermoso mercado de Covent Garden, una dulzura de lugar de la cual hablaré en otro post, pues ya estoy por llegar a las tres mil palabras con las que espero no haya aburrido a mis lectores. Para mi desgracia en Covent Garden las pilas de mi cámara estaban agotadas (tenías razón, Abraham) pero tengo unos videos geniales sobre lo que puede uno encontrar en un lugar así. El Apple Market es simplemente mágico, y la tienda de juguetes es soberbia. La tienda de té es igualmente una experiencia… quizá deba regresar por unas fotos o sacar stills de los videos, en fin, por ahora me detendré aquí para dar una pausa y regresaré a narrar los días restantes en Londres, el Museo de Historia Natural, el TATE Modern, Tower Bridge, Tower of London y mil cosas más. Hasta pronto, fieles seguidores del frío.

Barclays BikesFuente de Nieve

Luces en Hyde Park

St. Pancras Church

Oxford Street

¿Les parece familiar?





Vuelo cancelado

19 12 2010

Tablero de cancelaciones del día

Justo cuando ya me hacía en camino a Londres el invierno cobra su factura. Más de cuatro vuelos han sido cancelados a diversos destinos, entre ellos el mío al aeropuerto de Stansted. He sido puesto en un nuevo vuelo para las 9 pm, pero con el riesgo de que las nevadas continuen y pase lo mismo. Varado en el aeropuerto una vez más, pues no tengo otro modo de llegar a Londres -a excepción del Eurotunnel, pero eso significaría trasladarse a Francia-. En suma, estoy atorado, esperando a que de la hora señalada para poder viajar a Gran Bretaña. Para mi fortuna tengo conmigo algunos textos bastante buenos que harán pasar las horas como minutos, pues leyendo a Hesse y a Lagerkvist no sentiré que la tarde gris avanza pesada, sino que por el contrario no desearé que termine. Hasta pronto, espero que la próxima vez que escriba ya sea ahora sí desde Londres… mi cena tendrá que esperar.

La puerta que se me negó hoy

A esperar